Mientras haya valientes... - Blog BH
15713
post-template-default,single,single-post,postid-15713,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode-theme-ver-10.1.1,wpb-js-composer js-comp-ver-5.0.1,vc_responsive

Mientras haya valientes…

En el panorama ciclista actual, siguen brillando –y con diferencia– dos tipos de carreras. Las grandes vueltas y las clásicas. Las primeras son telenovelas, carreras por etapas: el Tour, el Giro y la Vuelta son los pilares de la temporada. Las clásicas son carreras de un día, “de ciudad a ciudad”. Se meten en los intersticios del calendario en gran parte a principios y a finales de la temporada. Montículos, muros, pavés…  un concentrado de emoción en 200 kilómetros de carrera.

La París-Roubaix, la reina de las clásicas, tan odiada como querida. Una carrera esencial que tutea a lo sagrado

Ahora que las vueltas de tres semanas acapararán los focos, es momento para echar la mirada atrás a los meses de marzo y abril. Recordar la que ahora parece lejana entrada de la primavera y con ella la llegada de las grandes clásicas. Poco a poco iremos repasando cada uno de estos monumentos del ciclismo – y del deporte-, pero no hay mejor protagonista para esta primera entrada que su señora París-Roubaix. El Infierno del Norte está aquí.

Las historias que no se cuentan suelen ser a menudo las más interesantes. Se sospecha que los corredores de la París-Roubaix no lo dicen todo de sus pequeñas alegrías y de sus grandes penas, por orgullo o por pudor. Porque las palabras no son siempre suficientes para explicar los dolores. Aquellos italianos con sus pequeñas cruces que colgaban alrededor de su cuello, esos belgas que llevaban una medalla enganchada al casco –esos cascos de correas de cuero… sabor a épica-, y hasta los ateos (“la bici es mi Dios” solía decir el belga Cyrille Van Hauwaert a principios del s.XX); todos saben que el pavés de la París-Roubaix tiene algo místico, espiritual…

Vences los primeros adoquines y crees que los has domado a todos. Pero cuando llegan los siguientes, te machacan. Y sus sucesores te rechazan con mayor brutalidad

Vences a los adoquines diseminados en dos o tres sectores y crees que los has domado a todos. ¿Quién dijo que esto era duro? Pero, cuando llegan los siguientes, te machacan. Y sus sucesores te rechazan con mayor brutalidad. Y cuando sientes que dejas de avanzar, empiezas a contar cada adoquín uno a uno.  Caídas, pinchazos, manillares torcidos, barro, viento… ¡Que infierno!  El Infierno del Norte. Así nació la leyenda.

Ninguna carrera como la Paris- Roubaix se ha querido u odiado tanto, o las dos a la vez.  Entonces, ¿por qué tentar al diablo donde nadie puede oírte? ¿Por qué convertir la profesión de ciclista en un ejercicio de fuerza para estibadores y de agilidad para funámbulos? ¿Por qué ir allí?

¿Por qué convertir la profesión de ciclista en un ejercicio de fuerza para estibadores y de agilidad para funámbulos? ¿Por qué ir allí? Sin duda, por el deber hacía lo sagrado

Sin duda, por el deber hacía lo sagrado. Porque sólo dos pruebas exacerban tanto los muelles del coraje y del fracaso mental por sus inmensas dificultades: el Tour de Francia y la París-Roubaix. El paraíso del ciclismo y el infierno del ciclista. Atractivos por igual. Gloria para ambos ganadores. Porque no existe un mayor motivo de orgullo para un corredor como llegar a los Campos Elíseos o al velódromo de Roubaix con los brazos en alto.

Con los dramas que se traman y se siguen, la París-Roubaix parece interminable sobre el sillín, pero no sobre el andén con las banderas flamencas ondeando y la avalancha de aficionados gritando. Antes se oteaba el horizonte para distinguir una nube de polvo. Hoy da la alarma el zumbido del motor de los helícopteros. Lo que no cambia es la pasión:

“¡Es Van Steenbergen! ¡Forza Coppi! ¡Venga Bobet! ¡Campeón, Merckx! ¡Dai, dai Moser! ¡Bravo Hinault! ¡Fuerte Musseeuw! ¡A por ellos Boonen! ¡Oh, Van Avermaet!”

El eco vuela hasta las puertas del velódromo, el paraíso después del infierno. Las últimas fuerzas para el sprint. El adoquín deseado espera en el pódium

El eco vuela hasta las puertas del velódromo, el paraíso después del infierno. Las últimas fuerzas para el sprint. El adoquín deseado espera en el pódium.

Ya sólo queda el silencio. Las austeras duchas del velódromo como sala de espera, donde deambulan con la mirada vacía de toda expresión los cuerpos desarticulados de los corredores. Al año siguiente volverá la primavera, y en el bonito y amplio pavés de Compiègne un estremecimiento de inquietud teñida de esperanza vuelve a pasar por los corredores. Las caras se ven serias. La voz del locutor llega de lejos. Los corredores firman nerviosos la hoja de control. La bruma envuelve la llanura picarda. Al norte vuelve a esperar su destino. La última locura que se propone al ciclista. La París-Roubaix. El Infierno del Norte.