¿Por qué triatlón? - Blog BH
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¿Por qué triatlón?

¿Por qué triatlón? Una pregunta que caducó en mi entorno cercano es muy habitual en otros círculos y, lo cierto, es que casi nunca contesto lo mismo. Son tantos los argumentos que no me permito ser redundante en la respuesta.

Vivimos en un país marcado deportiva e históricamente por el fútbol. Una evidencia que también pasó por mi (banal) currículum deportivo como miembro del maravilloso colectivo “chicos de barrio” del que orgullosamente me siento parte.

¿Por qué triatlón? Una pregunta que caducó en mi entorno cercano es muy habitual en otros círculos y, lo cierto, es que casi nunca contesto lo mismo.

En ese barrio dominado por las pelotas, a veces fabricadas a base de envoltorios de papel de plata, que castigaban nuestras zapatillas y, de rebote, los precarios bolsillos de nuestros padres solo unos pocos podían tener una bicicleta.

Quizás sea por eso cuando tenías la posibilidad de “conducir” una ( porque entonces para los analfabetos de las dos ruedas las bicis tenían volante, no manillar y se conducían) era motivo de fiesta entre la cuadrilla. Algo tan simple para muchos era una bono-loto en La Verneda de los años 80.

Quizás por ello, y por mis peloteras que un buen día, mi padre llego a casa con una bici. Una clásica y roja BH. Empece a dar los primeros paseos en bici, con “ruedines” de inicio pero pronto mi señor padre se empecinó en que debía quitarlos a costa de unas cuantas dosis de “mercromina” en mis maltrechas rodillas. Hoy si es cierto que le agradezco el empujón (entonces no tanto).

Empezaron los paseos hasta la playa. Eran mis primeras tiradas largas, que entonces rozaban los 2 o 3 kilómetros pero que os puedo prometer que en aquel entonces suponían un etapón del tour para un zagal de mi edad.

Empezó mi pasión por la bicicleta y poco a poco a base de ahorro de las semanadas, los años me trajeron la primera bici de “trail” que fue una California azul. Esta adquisición hizo que mi hermano Javi heredara con cierto disgusto una bici roja de paseo, que ahora además estaba castigada por el uso. Un pequeño inconveniente de ser el pequeño, ¡que se joda!

Pasaron los años, más de los deseables delatados por los morados en mis rodillas provocados por crecer más de lo que el cuadro de mi bici daba de si, pero deshacerse de aquella joya no era tarea fácil. Era “mi bici”.

Hablaban de un joven que por lo visto practicaba un deporte que combinaba tres actividades. ¿Tres en uno? ¡Locura! Aquel loco era Ivan Raña...

Por aquellos tiempos cayó en mis manos un ejemplar de la revista Sport Life. Cada mes era visita obligada a la biblioteca para ojear. Pero esa vez hablaban de un chaval que por lo visto practicaba un deporte que combinaba diferentes actividades. El chaval era Ivan Raña y el deporte que tanto interés despertó en mi era el triatlón.

Hablamos del año 96, el año del Raña olímpico y el año en que los españoles escucharon mencionar este deporte gracias al diploma olímpico que obtuvo aquel escuálido gallego. Yo era uno de ellos, uno que apenas sabía nadar pero que iba a poner todo su empeño en ello hasta debutar unos años más tarde en un triatlón popular con apenas 100 inscritos en el que seguramente yo fui el menos docto de todos ellos y mi premio fue acabar en última posición. Ir en una bici sin marchas y con ruedas gordas no ayudó mucho en la clasificación pero si en dejar ese veneno en mi memoria a largo plazo.

En aquel año 96 apenas sabía nadar pero iba a poner todo mi empeño en ello hasta debutar unos años más tarde en un triatlón popular con apenas 100 inscritos

Ese veneno sigue hoy, casi 15 años después, más de 100 dorsales después en las diferentes distancias sigue recorriendo mis venas. Mis clasificaciones siguen siendo más bien discretas pero os puedo asegurar que no hay una sola vez que haya inflado las ruedas de mi bici antes de una prueba sin que recuerde a mi BH roja de los 80, que hoy tiene su homenaje en mi Aerolight roja.