
Las renacidas y recién celebradas Seis Horas de Euskadi llaman la atención sobre la belleza, la espectacularidad y el desafío a la gravedad que representan las carreras en velódromo.
Una buena noticia para el deporte se ha materializado hace pocos días en San Sebastián: el resurgimiento de una de las pruebas con mayor solera del ciclismo en pista, las Seis Horas de Euskadi, que se han celebrado en el donostiarra velódromo Antonio Elorza (popularmente llamado “de Anoeta”). Tras dos temporadas de parón han cumplido su edición número 27 con triunfo de la pareja favorita, los suizos Marvulli-Risi.
Y ese acontecimiento nos viene al pelo para remarcar que, quien no haya presenciado ciclismo en pista, ha de correr a hacerlo en cuanto pueda, puesto que se pierde algo grande. El velódromo es el reino de la velocidad pura y el dominio de la bicicleta, no en vano sprinters de carretera y contrarrelojistas famosos proceden de la pista e incluso dedican parte de su preparación invernal a perfeccionar sus artes en los velódromos, un lugar ideal para ganar rodaje en época de mal tiempo.
La aparente monotonía que puede percibir quien mire esta modalidad ciclística por encima y sólo aprecie corredores dando constantes vueltas a un circuito impoluto (y breve, dadas las velocidades que se alcanzan), desaparecerá enseguida para quien, más allá de ver, observe. Y se detenga en comprobar cómo se las arreglan estratégicamente los protagonistas para batir al contrario en variados tipos de carreras (individuales, por parejas o por equipos de cuatro) y para mantener físicamente semejante aceleración. Además de que en las curvas, donde la pista y la pared lateral casi se confunden, los protagonistas parecen desafiar a las leyes de Newton. En realidad aprovechan la fuerza de la inercia para no caer por causas de la de la gravedad, pero su simple contemplación quita el hipo.
Desde el siglo XIX
El ciclismo de competición nació, muy probablemente, en los velódromos, que en su momento no eran más que anillos de tierra compactada. Aún en el siglo XIX, mucho antes de que se inaugurasen las grandes competiciones de carretera, el velódromo era uno de los puntos de encuentro y disfrute del fin de semana en buena parte del mundo.
La primera prueba de Seis Días (que en su momento significaba, literalmente, ese número de jornadas de esfuerzo para los sufridores participantes) fue creada en Inglaterra en 1878, nada menos. El primer Campeonato Mundial para los pistard data de 1893 (por ejemplo el de ciclismo en ruta no fue organizado hasta 1927), y en los primeros Juegos Olímpicos de la modernidad, léase los de 1896, ya había algunas pruebas de pista. En el siglo XX la popularidad pasó fundamentalmente a las pruebas de carretera, pero la pista sigue teniendo su tirón más o menos de masas, fundamentalmente en los países anglosajones, Alemania o allí donde todo lo asociado a la bicicleta es religión, es decir Bélgica.
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