
Un pequeño recorrido por los orígenes, características y competiciones de esta espectacular modalidad ciclista de obstáculos y héroes embarrados
Ciclismo. Palabra que al ciudadano de a pie le suele remitir al calor de julio, sol achicharrante sobre hombres que se retuercen y cabalgan sobre la bicicleta surcando un asfalto perfecto y pintado con ánimos, entre el grito colectivo de miles de aficionados que esperan horas en puertos kilométricos de Francia para ver pasar a sus héroes durante un solo instante. Entre ellos el del maillot resplandeciente, dorado, impoluto: el líder. Muchos de los ciclistas con el pinganillo a la oreja, recibiendo órdenes. Julio: sol, calor, asfalto negro, oro en el maillot, glamour, brillo.
Pero como toda imagen, el ciclismo en ruta tiene su foto en negativo, que en un juego de contrastes nos lleva a su lado nostálgico. Invierno: nubes, lluvia, vapor en las bocas, caminos de tierra, charcos, hierba, barro en el maillot, aficionados al pie del circuito boscoso por donde los héroes pasan varias veces, una hora de esfuerzo concentrado, brillo también. Y esa imagen aporta además una visión peculiar, característica, única de esta vuelta al romanticismo, a los tiempos en los que la ruta tenía mucho de ciclocross, de carreteras sin asfalto y héroes manchados: aquél en que es la bicicleta quien monta al ciclista, cuando éste ha de echársela al hombro como un fardo, en los obstáculos más ariscos.
Aunque luego fue organizado en circuitos, el ciclocross es la vuelta al viaje total al que impulsa la bicicleta. Esa travesía que no entiende de carreteras ni rutas marcadas, sino que nos lleva a meternos por lo que se cruce por delante. ¿Raíces en el suelo?, más cuidado con el manillar, que la rueda es fina y –bien manejada- escurridiza para los baches. ¿Unas escaleras?, subamos la bici y yo juntos. ¿Charcos?, qué más da, si para esto he venido…
El arrojo de monsieur Gousseau
Recién nacido el siglo XX, una época lo suficientemente lejana para que la leyenda y la historia se confundan, saltó a la posteridad el primer héroe, el que se da por prócer fundador del ciclocross: Daniel Gousseau, joven soldado francés que acostumbraba a cruzar el campo a bordo de su bicicleta sin dudar en salirse de las rutas marcadas e internarse en bosques, barrizales y pedregales, mientras sus superiores lo seguían a caballo. Rápidamente trasladó su afición a los más allegados, y en 1902 organizó ya el primer Campeonato de Francia de ciclocross…
Hay quien opina que esta modalidad ciclística (“cx”, la llaman también) es precursora de la BTT , y en verdad las hoy generalizadas bicicletas de montaña fueron concebidas precisamente para facilitar esas tareas bastante propias de ciclocrossista que Gousseau puso de moda. No obstante, la gran diferencia entre ambos nos remite precisamente a esa personalidad romántica y hasta un poco arcaica: motu propio, el ciclocross impone que la bicicleta sigue siendo, a grandes rasgos, muy parecida a la de ruta, con pequeñas adaptaciones para no hacerle la vida imposible al usuario.
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