
Pese a las nuevas tecnologías y todos los avances habidos y por haber en este mundo de las dos ruedas con tracción humana, la máquina del ciclocross sólo se permite pequeñas concesiones.
Ruedas algo más anchas y de dibujo más profundo para fomentar el agarre en superficies resbaladizas; frenos especiales (Cantilever, a menudo) y algunas modificaciones en la horquilla y otros componentes para evitar que el barro lo ate todos. El cuadro, ligero, suele ser bastante robusto, y el eje del pedalier sube un poco, más lejos del alcance de los accidentes del recorrido. Poco más. Un observador poco avezado no distinguiría a primera vista que no es una bicicleta de carretera.
Y por lo que al maquinista se refiere, las prendas que lo visten tampoco difieren demasiado de las que se usan en ciclismo en ruta. Sólo que, como es lógico, hace falta abrigarse… porque el calendario normal del ciclocross suele empezar en septiembre y concluir en febrero: pura moda otoño-invierno.
Al buen corredor le hacen falta habilidad y potencia concentradas, pues incluso los grandes campeonatos apenas sobrepasan una hora de esfuerzo. Intensísimo, eso sí. Eso hace que bastantes profesionales de la ruta, sobre todo los norteños, se dediquen al ciclocross en la pretemporada, por la explosividad y resistencia que se adquieren como base para futuras kilometradas, y también como método para sudar en la época del año en el que el ciclismo de carretera está prácticamente hibernando.
La misión
Es la de todos los deportes con una línea de salida y otra de meta: llegar el primero, claro. O divertirse, si no se compite. La cuestión es que por razones prácticas las competiciones de ciclocross han acotado, en cierto modo, los horizontes sin límite de monsieur Gousseau. Y se basan en varias vueltas a un circuito de entre dos kilómetros y pico y algo más de tres, dependiendo de categorías, edades e importancia de la competición. Las grandes pruebas masculinas pueden medir veinte kilómetros largos de recorrido, a base de repetir circuito.
En esos circuitos, como es de esperar, los participantes se van a encontrar todo tipo de trampas, las que dan sabor a esta especialidad: una parte del recorrido discurre sobre asfalto, sí, pero entremezclado con tramos sobre hierba, arena, barro, raíces por el bosque… y aliñado con tramos de escaleras, charcos, tablones cruzados, empinados lodazales arriba y abajo y pequeñas barreras que durante cortos tramos obligan a seguir a pie con la bici a cuestas. Para volver a descargarla y montarse en cuanto se pueda, aprovechando la ventaja multiplicada que dan platos y piñones al esfuerzo humano.
Y alrededor, pese al mal tiempo que es característico y hasta deseable, siempre se reúnen un buen número de aficionados. Porque el espectáculo es inolvidable: desde el pistoletazo inicial las especulaciones son desechadas y todo el mundo esprinta para situarse en cabeza lo antes posible y así disponer de ventaja a la hora de acometer los sectores difíciles, pues suele haber muchos corredores y escasos metros de anchura del recorrido. Y luego la habilidad y la fuerza hacen el resto, siempre con cuidado con caídas y tropezones.
Los competidores, habitualmente manchadísimos, reflejan aún ese espíritu épico que en el ciclismo en ruta se aprecia aún en contadas ocasiones, por ejemplo los tramos adoquinados de la clásica Paris-Roubaix (de hecho varios campeones mundiales de ciclocross han vencido también en El Infierno del Norte ).
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