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El Tourmalet es posible (y II)

Ion Urrutia, cicloturista guipuzcoano, cuenta cómo vivió su ascensión al mito

Pues sí, como decíamos, en octubre pasado Asier le propuso a Ion probar en sus carnes, por primera vez, una mínima pero mítica parte de lo que sienten los corredores del Tour anualmente. Así que se alojaron un fin de semana en Luz Saint Sauveur, encrucijada pirenaica desde la que parten unas cuantas ascensiones de órdago, y hacer doblete: Tourmalet el sábado, y el domingo… lo que se preste.


La lluvia fuerte los sorprendió en la mañana del sábado, pero después de comer no se aguantaron más y tiraron para arriba, pese al aguanieve del tramo más alto. Son desde Luz 19 kilómetros de ascensión bastante regular, por rampas que fluctúan entre el 6 y el 9%, sin descansos. “Yo me había bajado altimetrías de internet”, rememora Urrutia, pero comprobó que en cada kilómetro de Tourmalet “te pone en una señal el porcentaje que te espera. Eso sólo lo he visto en Francia”. El tráfico no fue problema, porque coches “pudieron pasarme diez, como mucho. Había más moteros, pero no gente en bici. Hacía malo, ¿a quién se le ocurre subir así?”, se ríe ahora.

Por cabezonería, se las arregló para escalar “con el 21” de piñón, “a riñón, clavado; me quedé sin espalda, por no subir con un piñón más pequeño”; con la salvedad de una rampa (13%) que hay al salir de la localidad de Barèges, casi a media subida, “en la que tuve que meter el 23”, aunque después retornó al 21. “De ahí para arriba estaba todo nublado, y no se veía nada de lo que te quedaba, ni a 100 metros…”, lo que cree que le pudo venir bien para comerse menos el coco hasta coronar los 2.115 metros junto al popular monumento del ciclista.

El tramo más duro de tamaña ascensión fueron “los últimos cuatro kilómetros”, porque pese a que de cuando en cuando se ponía de pie sobre los pedales “me dolía mucho la espalda, ya. Arriba estuvimos un ratito, y me acuerdo de que me congelé”, esperando a su amigo, que tardó 10 minutos más; “es que haría como cinco grados…”. Después de comer algo, y aunque llevaba chubasquero, “en la bajada me tuve que parar cuatro veces, porque se me helaban las manos”. Además “yo tengo vértigo, y las nubes se habían abierto al bajar y daba miedo” a tanta velocidad. “Sufrí más bajando que subiendo”, porque no podía frenar bien.

Y de postre, Luz Ardiden
Pero,  no contento, al día siguiente Urrutia emprendió (esta vez él solo, pues su amigo había roto un radio el sábado) otra de las escaladas clásicas de la ronda gala: Luz Ardiden, estación de esquí a la que se accede desde el mismo pueblo, parecida en dureza y regularidad al Tourmalet pero cinco kilómetros más corta y “más vistosa”, define, porque además tocó buen tiempo. “Ahí sí había alguno más en bici. Sufrí, pero menos que antes”, pese a la espalda cansada del día previo.

Demostró Urrutia de lo que era capaz, y de que, dentro de lo que cabe, pasar cumbres legendarias no es un imposible para el aficionado. Recomienda, eso sí, que quien se atreva a intentarlo se atenga a su propia capacidad y preparación, y que “si va alguien que no suele andar mucho en bici, vaya con la mountain bike o le ponga piñones grades a la de carretera… Pero para subir durante una hora hay que anda, al menos, un poquito”.Y, ya en plena faena, “no hay que cebarse. Yo empecé sufriendo un poquito, pero siempre dejando y dejando” energías para el final, “porque si no…”.

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