Dos audaces ciclosturistas cruzan el Atlas y nos cuentan su experiencia La espina dorsal de Marruecos es una cordillera que lleva el nombre de un titán mitológico, Atlas, que sostenía sobre sus hombros la Tierra y el firmamento. Como buen gigante, el Atlas marroquí se eleva hasta más de 4.000 metros, y supone una frontera natural entre el clima más benigno del Mediterráneo y el desierto del Sahara.
Por eso, cruzarlo se llena del significado de superar una barrera entre dos mundos. Ese reto y disfrute a la vez llama la atención de muchos viajeros de latitudes más domesticadas, y dos de ellos son nuestros protagonistas de hoy. Se trata del guipuzcoano José Ángel López, Kote para los amigos, y el albaceteño Jorge Divi, cicloturistas que el pasado mes de junio realizaron una ruta de cerca de 400 kilómetros a través de esas imponentes montañas, regresando con las alforjas cargadas de vivencias.
Su plan inicial era el de unir El Ksiba, en la parte céntrica del país y al norte de las cumbres, con la zona de Zagora, próxima a la sureña frontera argelina. Pero el solazo obligó a modificar algo los planes, y los dos aventureros dejaron la ruta prevista al cuarto día, en Tinehir (unos 270 kilómetros después de la salida), para hacer otro centenar por otro lado, en el entorno de Ouarzazate, algo más cerca de Marrakech, donde los había dejado el avión y había que tomarlo de vuelta. Este cambio se debió a que el termómetro subía cada vez más, y por si fuera poco se toparon con otros extranjeros en un plan parecido, “que nos recomendaron seguir la otra ruta”, la de la segunda parte del viaje. “Y decidimos no arriesgar”, argumenta Kote, sobre todo porque encontrar agua en el camino no estaba nada claro.
La ruta autodiseñada
¿Por qué Marruecos, por qué el Atlas? Su compañero de fatigas, Jorge, “hace parapente”, comenta José Ángel, “y había estado en Marruecos más veces”, practicando su pasión aérea. En uno de esos viajes “le llamó la atención la idea de hacer un recorrido en bicicleta”. Así que, madurando la propuesta, “nos planteamos cruzar de norte a sur el Atlas Alto, llamado así por la latitud, no por la altura de sus montañas; es más alto el Atlas Central”, explica, y de hecho la que ellos realizaron es la forma más larga pero menos elevada de superar la cordillera. Esta iniciativa la suele emprender “más gente”, pero no es una ruta predeterminada, sino que “buscando unas referencias en Internet, la diseñamos”.
Acerca de las vías usadas para su recorrido magrebí, “había tramos asfaltados y sin asfaltar, algunos de ellos muy malos”, continúa López. Lo que sucede es que “lo que aquí llamamos carretera, allí se lo llaman a cualquier pista que sirve para comunicar pueblos”. Y en todas las aldeas había vida, además amable con el forastero. Contrariamente a un tópico que puede circular por algunas mentes, “es un país muy seguro”, afirma Kote. “Es muy difícil que allí te roben, porque se lo prohíbe su religión”. [...]
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