Ander de la Huerga paseando por Donosti En una ciudad de tamaño medio, como es San Sebastián-Donostia, la capital guipuzcoana, sucede lo que en todas las superficies urbanas: parece que la mayor parte de la gente no sabe ir sin su coche a ninguna parte.
Un excesivo porcentaje de ciudadanos se sume a diario en el caos de los atascos, los humos (del tubo de escape y de los conductores) y la eterna búsqueda del utópico aparcamiento, incluso el de pago. El transporte público de las urbes sin metro tiene sus ventajas, pero no se libra de las acumulaciones en horas punta.
La solución para mucha gente es tan fácil que casi da vergüenza recordarla. Por falta de costumbre, o por pereza, la bicicleta que tan en boga está en otros países cae en el olvido para el ciudadano medio de aquí. Porque si cada cual hiciese examen de conciencia y cálculo interior, descubriría que por comodidad, ahorro, cuidado de la atmósfera y el cuerpo e incluso velocidad, para recorridos intraurbanos de distancia media no hay medio de transporte equiparable a la bicicleta. Y tres descubridores de esa virtud nos relatan su experiencia. No exenta de pequeños inconvenientes, pero que ni de lejos superan a los aspectos positivos.
Tren y bicicicleta, combinación perfecta de José Martín.
José Martín Ruiz trabaja en unas oficinas donostiarras, pero él vive en un pueblo guipuzcoano bastante alejado, llamado Lazkao. Durante años “venía en coche”, por la carretera N-I entre Madrid e Irún, “y pillaba atasco un día sí y otro también. Además tardaba aún más tiempo en aparcar que en llegar a Donosti desde Lazkao”.
Harto de esa situación, José Martín probó diversos métodos hasta que dio con la combinación perfecta: tren y bicicleta. El ferrocarril a San Sebastián pasa por Ordizia, a cuatro kilómetros de Lazkao, y cada mañana se acerca a la estación a pedales, “por una carretera poco transitada”. De ahí tiene media hora de tren, y cuando se apea en San Sebastián otro par de kilómetros lo separan de su destino. Ha probado a hacer estos últimos “en coche, en autobús, andando… pero la bicicleta es lo más rápido: tardo siete minutos”.
Cree Ruiz que ha ganado en todo, se mire por donde se mire. Yendo a trabajar de esa forma “hago ejercicio todos los días, unos 14 kilómetros” sumando la ida y la vuelta; “y además aprovecho el tiempo que paso en el tren para leer, hacer ejercicios tranquilamente…”. Los inconvenientes son escasos: “A veces hay pinchazos, que es lo que más jode”, y de cuando en cuando se topa también con la lluvia, pero siempre lleva el chubasquero en la mochila, por si acaso. Aunque confiesa que si la tormenta es imposible cubre en coche el tramo Lazkao-Ordizia, con la bici dentro; mientras que el tramo donostiarra, “donde más me hace falta”, siempre lo hace subido a su máquina. (...)
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