Aquí, entre Europa y África, siempre ha existido una frontera… y también una unión. La leyenda cuenta que fue Hércules quien abrió el Estrecho separando las dos montañas y creando las Columnas de Hércules. El lugar donde terminaba el mundo conocido. Y quizá por eso esta aventura se llama así
filtrar resultados
Y AL FINAL ENTIENDES QUE EL MITO
NO IBA SOLO DE PEDALEAR,
por Antonio Ortiz
Hay viajes que empiezan mucho antes de pedalear.
Empiezan cuando miras el mapa y entiendes que esta vez no va solo de kilómetros.
Ni de vatios. Ni siquiera de llegar.
Empiezan cuando decides salir de casa con lo justo.
Con una bici, unas bolsas, algo de ropa, ganas de vivir otra experiencia… y esa extraña necesidad de descubrir qué hay al otro lado.
El Mito empezó en Ronda. A las siete de la mañana. Todavía de noche. El Puente Nuevo y el Tajo observándolo todo en silencio mientras un pequeño grupo de locos preparábamos las bicis para salir hacia otro continente.
La BH Gravel XR esperaba apoyada contra la piedra. Sin aspavientos. Sin más pretensión que hacer lo que mejor sabe hacer: llevarte lejos.
Y vaya si lo hizo.
La primera luz del día nos encontró entre Ronda y Benaoján. El amanecer entrando poco a poco entre las montañas, el frío, la humedad de la mañana, el silencio de esos primeros kilómetros en los que todavía nadie habla demasiado porque todos estamos intentando entender dónde estamos.
Corte de la Frontera. La estación de El Colmenar. Primer checkpoint.
Después, seguir hacia el sur. Sierra de Ojén. Los caminos rápidos. Las pistas rotas. El viento. La sensación de que Europa se terminaba poco a poco mientras Tarifa aparecía al fondo como una promesa.
Y allí, en el extremo más al sur. El final del track… y el principio de otra historia.
Porque El Mito no se llama así por casualidad.
Porque El Mito no va solo de cruzar de un continente a otro. Va de unirlos. De descubrir que apenas unos kilómetros de mar separan dos mundos completamente distintos. Dos culturas. Dos paisajes. Dos formas de entender la vida.
Pero también de darte cuenta de que, en el fondo, no estamos tan lejos.
Pedaleando entiendes que El Mito no era una carrera. Era un puente
Porque El Mito no terminaba en Tarifa. Allí cada uno miraba su reloj, buscaba su ferry y se gestionaba el tiempo. Como todo en esta aventura: sin asistencia, sin horarios cerrados, sin más ayuda que la que fueras capaz de encontrar dentro de ti.
Subir al ferry con la bici al lado. Ver cómo la costa se alejaba. Cruzar el Estrecho. Y de pronto, Tánger. África. Otro continente.
Dormir allí. Escuchar otro idioma. Oler otra ciudad. Sentir que estabas muy lejos… aunque en realidad sólo hubieras cruzado unos pocos kilómetros de mar.
El segundo día fue Marruecos. Casi cien kilómetros entre Tánger y Tetuán. Un recorrido sin un metro llano. Subir. Bajar. Volver a subir. Pistas imposibles. Carreteras pequeñas. Valles. Aldeas. Ni un solo momento de descanso. Ni una sola imagen que no mereciera detenerse.
Pero no nos detuvimos.
La BH GravelX R seguía ahí. Silenciosa. Cómoda. Noble. Las bolsas de bikepacking balanceándose sobre el cuadro. El manillar tragando horas. El sillín sosteniendo cansancio. Los neumáticos buscando tracción entre tierra, piedras y polvo. Tres días y ni un solo problema. Ni un ruido. Ni una duda.
A veces una bici no es sólo una bici. A veces, es el hilo que une todo lo demás
Y ese día, Marruecos nos regaló también algo que no estaba en el track. Una comida marroquí en una terraza sobre Tetuán. Una mesa larga. Tajines. Las vistas de la ciudad extendiéndose debajo de nosotros. Trescientos sesenta grados de una ciudad que parecía suspendida entre montañas y mar.
Y entonces entiendes que esto nunca fue una carrera.
Era otra cosa.
Era compartir. Descubrir. Sentirte pequeño. Muy pequeño. Y al mismo tiempo, increíblemente vivo
La tercera jornada empezó todavía de noche. Salimos de Tetuán hacia la frontera. Treinta y un kilómetros hasta Ceuta. Marruecos quedaba atrás, pero no del todo. Porque los lugares no se terminan cuando los abandonas. Se quedan contigo.
Ceuta. Desayuno junto al puerto. Otro ferry. Esta vez hacia Algeciras. Y al bajar, llegó la parte más dura. Europa otra vez. Pero todavía quedaba volver a casa.
Los Barrios. San Roque. Guadiaro. El Secadero. Y desde allí, el castigo. Porque a partir de ese momento empezaba a acumularse todo el desnivel que aún quedaba. Gaucín. Algatocín. Atajate. El Puerto del Espino.
Las piernas ya no iban igual. El cuerpo empezaba a pedir tregua. La cabeza dudaba. Pero la bici seguía avanzando. Y tú también. Hasta que, casi sesenta horas después de haber salido, vuelves a ver Ronda. El arco de la ciudad antigua.
La misma ciudad de la que habías salido dos continentes atrás. Y entonces sonríes. No porque hayas terminado. Sino porque sabes que has vivido algo de verdad.
Porque El Mito no va de llegar a meta. Va de todo lo que ocurre entre una salida y una llegada
De las personas que aparecen. De las conversaciones. De los paisajes. De los silencios. De los lugares que no conocías. De descubrir que todavía eres capaz de hacer cosas que parecían demasiado grandes.
Y quizá por eso una de las historias más bonitas de estos tres días fue la de Albert.
Albert ganó el sorteo de BH para vivir la experiencia. Llegó a esta aventura sin saber muy bien qué se iba a encontrar. Y se fue con algo que seguramente le acompañará durante toda la vida.
Según sus propias palabras, fue una experiencia “dura… pero inolvidable”.
Y eso es exactamente El Mito.
"Duro. Inolvidable. Tan duro que terminas jurando que no volverás. Tan inolvidable… que antes de llegar a casa ya estás pensando en hacerlo otra vez"
Antonio Ortiz
"Duro. Inolvidable. Tan duro que terminas jurando que no volverás. Tan inolvidable… que antes de llegar a casa ya estás pensando en hacerlo otra vez"
Antonio Ortiz
Porque la vida, al final, se resume en eso.
Retos. Lugares. Personas. Experiencias.
Porque hay viajes que terminan cuando vuelves a casa.
Y hay otros que empiezan justo entonces. Y El Mito, estoy seguro, ha venido para quedarse.
¿Cuál es mi talla?